EL MAGO DE LA BAHÍA

“En el fútbol juega la fuerza, la inteligencia y la picardía sana del jugador”-Mágico. Entrevista en El País

Eran los ´80, en concreto, corría el año 1982, cuando González aterrizaba en la Bahía de Cádiz.

En aquél entonces, los cracks estaban muy alejados del concepto actual, no tenían cabida los peinados a lo Beckham, ni se llevaba el cuerpo atlético de Cristiano; eran distintos. Hablamos de la llegada de Maradona al Barça, del ángel de Schuster, del primer título liguero de la Real, de la antesala del Madrid de la Quinta; hablamos de un tiempo de magos, del tiempo del “Mago”.

Jorge Alberto González Barillas tenía un aire tímido con un hablar entrecortado, con una sonrisa sacada de una novela de picaresca de Quevedo, también era un tipo delgado y afeado; tenía una nariz aguileña, como la de los indios. Presentaba un aspecto muy diferente al de los futbolistas-modelos de hoy en día, parecía más un taxista de El Salvador (profesión que acabó realizando una vez retirado) que un jugador de fútbol, sin embargo, en palabras de su entrenador David Vidal, “Era talento puro, con una técnica depurada, él solo quería jugar en ataque, regatear y tirar a gol.”

Aquel salvadoreño, se convirtió en el George Best latino, melena formada por cientos de rizos ondeando al son del viento del Atlántico, su nombre es sinónimo de juerga y fútbol en mayúsculas. Sólo una ciudad como Cádiz, cuna del flamenco, bañada por dos aguas, salada claridad de Machado, fue capaz entender el carácter de aquel díscolo bohemio que hizo del darle patadas al cuero un arte, en el que  sus piernas flacas hicieron las veces de pincel sobre el verde del Carranza. Probablemente, Cádiz fuese la única mujer que perduraría para siempre en el corazón de Jorge.

Claro que estaba un poco loco; todos los genios tienen un punto de locura. Pero la suya no era una locura que se pareciese a las rabietas infantiles de Ballotelli, tampoco era como la sangre caliente de “Zizou” o Cantoná, ni como la fanfarronería de Talentino. De hecho, su compañero Hugo Vaca lo definió como un hombre agradable, amable y muy humilde, afirmando que prefería que lo llamasen por Jorge antes que por “Mágico”.

Eran las sambas de su paisito, como él definía a su tierra, era el carnaval de su otra tierra desbocado por el campo, todo sobre el césped. Eran las diabluras, en forma de, regates imposibles, goles, mil anécdotas nocturnas y el gitano Boghira, en definitiva carreras tanto por la banda (ése coto privado, hábitat natural de casi todos los genios del balón) como por los garitos y discotecas, las que definían su locura, y a la vez; su magia.

Vidal define con claridad lo que sentía ‘Mágico’ por el balón: “Lo trataba con una dulzura exquisita, lo cogía de una forma muy especial, lo acariciaba como nadie. Era un auténtico enamorado del balón”.

 

Tras disputar con su selección el Mundial de España, cuando el fútbol todavía se pagaba en pesetas, rechazó una oferta del París St. Germain para recalar en el conjunto gaditano, donde jugó ocho temporadas y media:

Apodado el “Mago”,por el comentarista deportivo Rosalío Hernández Colorado en su tierra, aquí se le cambió por el “Mágico”. Su primer año no tuvo un comienzo fácil, como recoge una entrevista concedida al diario El País, en el ´83, tardó tiempo en adaptarse y sus costumbres noctámbulas no acababan de encajar demasiado bien en el seno de la entidad.

Sin embargo, en la jornada 26, con tan sólo 13 partidos disputados por completo, se había convertido en el máximo artillero del Cádiz. A pesar de un inicio nada alentador, el espectacular estirón final del Cádiz, incluyendo pleno de victorias en los últimos cinco partidos de liga, concluye con un ascenso de la mano del técnico balcánico Milosevic, tras derrotar al Elche en la última jornada con goles de Pepe Mejías (2) y “Mágico” González.

Al año siguiente, ya en Primera división, González, acabaría igualando su mejor registro goleador (14 goles), pero el Cádiz se fue a Segunda, desfilando tres entrenadores distintos por los banquillos. En dicha temporada, el Barcelona conoció al “11” del Cádiz en el propio Camp Nou: En una arrancada desde el centro del campo (que a muchos imberbes les recordará a los goles de jugada individual de Lionel Messi), algo escorado a la izquierda, el salvadoreño sienta a Migueli, hace lo propio con Alexanco, y la cruza imposible para Urruti. El coliseo barcelonista no tiene más remedio que aplaudir la acción.  Este gol fue nominado a los mejores 50 goles de la historia de la Liga.

Cerraba así la primera etapa en el Cádiz, para acabar fichando por el Real Club Deportivo Valladolid en el mercado de invierno de la temporada siguiente, para hacer trasladar su magia al Nuevo Estadio Municipal José Zorrilla conformando una dupla con el chileno Patricio

“Pato” Yáñez. El propio presidente del Valladolid se refirió a él de la siguiente manera: “Después de Pelé, ‘Mágico’ es lo mejor que he visto en un terreno de juego”. Sin embargo, la férrea disciplina de su nuevo club hizo que sólo durase vestido de blanquivioleta una temporada en la que apenas jugó diez partidos, anotando dos tantos.

Desde 1985 hasta 1991 sí estuvo con el conjunto andaluz de forma ininterrumpida en la máxima categoría. En ese Cádiz que lo idolatró hasta límites cercanos al paroxismo, cuando la grada del Carranza le espetaba a David Vidal el famoso “Gallego, saca al Mágico”   y en donde también vivió también algún que otro turbio asunto, como cuando fue objeto de juicio por una violación.Tras un breve periplo por el frío de Valladolid, volvió a la ciudad que se había convertido en su Bohemia particular bajo el sol gaditano:

Aunque llevó a cabo muchos goles de bella factura, a excepción de sus dos primeras temporadas, nunca promedió unos registros goleadores pasmosos (uno en la 84/85, siete en la 86/87, diez en la 87/88, ocho en la 88/89, tres en la 89/90 y ninguno en los cinco partidos que disputó en la 90/91), no era un killer, era su duende lo que levantaba los olés del Carranza, si el fútbol fuese música, lo suyo habría sido dibujar las notas de la guitarra de Paco de Lucía en forma de quiebros y regates.

Las fintas del salvadoreño volvían a ser sufridas desde Chamartín hasta Canaletas.

En la memoria de quienes estuvieron en el Carranza en el partido que enfrentaba al Cádiz contra el Racing también en la temporada 86/87 queda una de las obras de arte más conocidas del “Mago”: En un palmo de terreno, dribla en una contra a los tres defensas del conjunto de Santander, primero recorta a Chiri, que trata en vano de rebañarle el balón tirándose al suelo, acto seguido se va de un impotente Sañudo que nada puede hacer para frenarlo y finta a Roncal hacia la derecha, en palabras del propio ex futbolista cántabro “Yo venía desde un lateral y me tiré a la desesperada, pero no hubo forma de quitarle el balón. Me regateó y marcó un golazo“.

“Mágico” se encontraba en la frontal del área, Roncal y Chirri intentan rehacerse, pero es vano porque es aquí, en ese segundo en el que se les enciende la bombilla a los genios, cuando Jorge ve al portero, Pedro Alba, adelantado y se la pica con una vaselina perfecta que golpea en el larguero y entra. Al guardameta santanderino no se le ocurrió otra cosa que acudir al centro del campo a estrecharle la mano al crack de amarillo y azul, mientras la grada aplaudía el nuevo truco que se acababa de sacar su mago de la chistera.

La siguiente temporada, la 87/88, el Cádiz logró su mejor puesto en Liga (12º) conducidos por el técnico uruguayo Víctor Espárrago, que supo entender como pocos el carácter del genio de El Salvador.

A partir de la 88/89, la magia que aún destilaban las botas de “Mágico” González se iría consumando, dicha temporada estaría marcada por la relación de amor y odio entre el preparador Vidal y el astro centroamericano, los sistemas tácticos y la disciplina chocaban visiblemente con el salvadoreño; “Mágico” no entendía aquellos artificios a la hora de ejecutar lo que para él venía siendo lo más natural del mundo. Aquél salvadoreño no podía ser tratado como un obrero más en el proyecto de Vidal, debía ser quién dibujase los planos.

No obstante, había dos “Mágicos”, el que se vestía de corto para enamorar a quienquiera que asistiese al Carranza los domingos y el asiduo juerguista que dio pie a la otra parte de la leyenda. El segundo, vivió un auténtico idilio con la ciudad de Cádiz, tanto de día como de noche. Si el fútbol es el único espacio donde los dioses, Maradona fue Dios, los filósofos, los románticos y demás especies de fantasía se disputan el esférico, Jorge “Mágico” González fue una especie de Diógenes (Arreitu afirmó en el diario MARCA que era una persona introvertida, callada y que siempre hacía lo que le apetecía: “Si tenía ganas de dormir, dormía; si tenía ganas de comer, comía; y si tenía ganas de jugar al fútbol, jugaba”), o tal vez un Gandhi sureño, regalando sus botas a un gitano de la ciudad, quizás, su peculiaridad residía en que como profesional veía el fútbol de la misma manera que los niños gaditanos jugando al fútbol con una lata como pelota en la puerta de un colegio.

Hace poco Esteban Granero dijo en JotDown “No podemos pensar en Mágico González acostándose a las diez de la noche, levantándose, desayunando y yendo al partido”. No podría estar más de acuerdo, la noche pasó a ser parte de la idiosincrasia que definía a Jorge. Desde su fichaje frustrado por el Barcelona, por quedarse en su habitación con una chica (cuando sonaba la alarma de incendios) mientras el resto de sus compañeros acudían a recepción del hotel, hasta aquel mítico partido contra el mismo equipo en el Trofeo Carranza. Ese día, “Mágico” llegó al encuentro en el descanso, con un 0-3 abajo, que acabó volteando en un 4-3 favorable, tras ofrecer dos asistencias y enviar personalmente dos balones a las redes del meta baulgrana.

En 1984, en una entrevista al Diario de Cádiz, Mágico se expresaba en toda su dimensión: “Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme”.

Por Pablo Beas Marín.

@Rustlingmag y @Pablitobeas en Twitter.

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