Viajar por mis influencias.

Por Jairo Pulpillo

Un sonido misterioso abre mi noche, acompañado de una tormenta sirve como pasillo deslizante hacia un solo de guitarra, que poco a poco se viene abajo, con una armonía que sobrecoge hasta al más pintado. Este inquietante comienzo da paso a una voz, aunque no me refiero a una voz tal y como la entendemos, me refiero a una voz que intentando asemejarse al Dios cristiano divide su naturaleza en dos, no son padre, hijo y espíritu Santo, pero si una suma de voz y seis cuerdas que casi alcanza la divinidad. Una voz que es voz, y es guitarra. Una suma que es Brothers In Arms, una suma que es Dire Straits.

Tras casi siete minutos de armonía, clase y capacidad de transmitir de Brothers In Arms suena otra guitarra en mi reproductor de música, una Fender Stratocaster negra y blanca, con el mástil de fresno, con un ritmo que va describiendo poco a poco lo que está por llegar. En este camino se une la batería, y un bajo que va dejando señales de pan, que aún imperceptibles para algunos servirán para dejar bien claro por donde hay que continuar caminando. El camino en el que circulan carece de luz, de momento, aunque se prevé un escenario bajo una suave brisa de color azul. Siguen, constantes en su empeño por caminar y un amplio La mayor con tintes de rocknroll hace la luz. Luz que ilumina a Eric Clapton, luz que empuja al sobrecogedor inicio de Crossroads. Si al principio los participes cogieron un camino suave, lento pero con un objetivo claro, ese objetivo no iba a ser menor, la canción, si se le puede minusvalorar así alcanza su pleno éxtasis cuando Slow hand hace bailar sus cuatro dedos sobre un pasillo de seis cuerdas que no precisa de reglas ni leyes, un éxtasis que te obliga a viajar esclavo dentro de un tren, en el que una vez en montado no quieres bajar, pero que como todo en esta vida, a los seis minutos de viaje poniendo fin a su trayecto, te obliga a hacerlo.

Pero mi reproductor, que no es mal compañero de viaje, me invita a coger otro tren. Entro en el y quedo un poco extrañado, es desordenado, el primer vagón no va el primero, ni el último atrás, y como culmen, el conductor no mira hacia las vías. Es anárquico por así decirlo. Pero una anarquía que tiene el mayor sentido que haya conocido un ingenuo dieciochoañero como yo. Alcanza unos niveles de libertad que pocos mortales conocen. Una vez dentro alguien me sugiere que qué ocurriría si mezclara guitarra eléctrica con unos efectos desconocidos hasta el momento, blues, rock y locura en una coctelera y lo agitara. No sé que responder, pero rápido en su tarea me asegura que el resultado es revolución, y que de personificarse en alguien lo haría en Jimmy Hendrix. Y que de trasladarse al nivel de canción, lo haría en Voodoo Chile. Un breve palm mute de guitarra que en seguida se transforma en notas maquilladas con un efecto Wah-wah que describen perfectamente la bomba que está por explotar y que definitivamente explota con la entrada en escena de una distorsión y ritmo que me mostrarán el porqué de tan desordenado orden.

Tras este gran viaje, me pido elegir yo: le comento al reproductor que por qué no acabar el viaje en algo más cercano, en un trayecto que ya me conozco y a partir del cual conocí los demás. Por así decirlo, le pido volver a empezar cerca del final. Pese a su interés por conocer nuevos trayectos, mi cabezonería es mayor aún y le convenzo de que es mejor así. Le digo que es mejor antes de continuar en el viaje, pararse y recordar el principio.

Ese comienzo tiene fecha, lugar y protagonista, o protagonistas. 1 de Julio de 2008, en el Nokia Theatre de Los Ángeles, todo a manos de John Mayer y su Strato. El título que pone nombre a este momento le viene como anillo al dedo, “where the light is”. Tras un set acústico iniciado por una incomparable “Neon” Mayer abandona la caja hueca del acústico y se empeña en demostrarnos que el sobrenombre de Slow hand Junior no le queda pequeño. Le siguen versiones de Hendrix y blues como Out of my mind, en el que la Strato de Mayer me lleva en volandas por un solo marcado en una escala majestuosa, un solo al que no le hace falta una voz que le complemente, el sólo se expresa y es autosuficiente. Blues que me abrió los ojos y me demostró que todavía la música guarda cordura. Pero me gana con Slow dancing in a burning room, concepto que no sería capaz de describir. Creo que no existen calificativos para decir como un Do sostenido menor, un La y un Mi, ayudados en el estribillo con un Si, fueron capaces de crear tal capacidad de satisfacción en mi. Me dice mi fiel acompañante que está muy bien, pero que no deja de ser otra más en un sinfín de canciones, le digo que no. Le digo que me sobran motivos para calificarla como perfecta y que para mí, está la música y luego ella.

Sonríe y me comenta que no tengo remedio.  Le digo que no entendería una vida sin blues, vuelve a sonreír y tras dos paradas más, llegamos a nuestro destino. Cada uno vamos para un lado y nos despedimos fundiéndonos en la fuerza de un “Sácame de aquí”, de los Madison.

@Ruslingmag y @Jairopl93 en Twitter.

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Una respuesta a “Viajar por mis influencias.

  1. La música nos guía, solo hay que aprender a no dejar el camino.
    Mientras leía ha sido como si escuchase las canciones, muy bonito de verdad.

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