PARES O NONES

Con la mayor ilusión que alguien pueda experimentar te atabas los cordones creyendo que en cuanto le dieses una patada al balón esa tarde en la plazoleta, este haría una rosca imparable que acabaría atravesando los contenedores ante la consecuente admiración de tus amigos.

Nací en un frío mes de Diciembre en los últimos coleteos del 93, y simplemente, creo que tuve suerte. Suerte de pertenecer a una de las últimas generaciones cuyas infancias se han desarrollado en la calle. Infancias, y pubertades. Hemos sufrido las bondades y calamidades del mejor curtidor de personas que yo conozca. Aunque hay un denominador común a todo esto. Algo que guarda una intima relación con la calle y con mi generación. Es el fútbol.

Cada día de la semana, así lloviese, tronase o hiciese un sol del demonio, los vecinos tocábamos los porteros de nuestros semejantes. Siempre respondía la voz de una madre, a la que le preguntabas dónde estaba tu amigo, y la cual te respondía con un resoplido, acompañado de un “Ya baja”. Esa madre, como no, era recelosa de que su hijo se bajase el balón que le acababan de regalar a la calle, dado que no tardaría en ser atropellado por un coche, o pinchado por el típico vecino “Señor Wilson” que no puede faltar en ningún barrio. Pero especiales eran los Lunes, dia post jornada liguera en el que con resultados más que dudosos intentábamos imitar el nuevo regate que Ronaldinho había realizado el Domingo.

Yo conocí el fútbol con el Madrid de Redondo, que desde pequeño me conquistó ganando la final de Champions del 2000. Para mí sólo había un equipo. Mis primeros coqueteos los di con los Figo, Solari, Raúl… maduré con los Pirlo, Seedorf, Beckham, Van Nistelrooy, Ronaldo y lo amé con los Zizou y Ronaldinho. Especialmente con estos dos últimos yo descubrí la esencia de ese deporte. Fue con estos dos últimos con los que pasábamos las tardes emocionados, fue con ellos con los que nuestro mayor deseo era que llegara el Sábado para ver si nos brindaban un nuevo regate que intentar imitar el Lunes.

Pertenezco a una generación en la que el resultado de un Pares o Nones podía mandarte al equipo equivocado y frustrar tus ambiciones de una tarde llena de victorias. Nos valían dos contenedores al fondo de la calle como porterías improvisadas, y las peleas se resolvían con un pase de gol a tu enemigo, que instantáneamente volvía a ser como tu alma gemela, tu hermano en el campo. Cuando vuelvo a mi casa suelo pasar por esa plazoleta, y la verdad, creo que la recordaba más grande. En aquellos tiempos, el campo de Oliver Y Benji parecía pequeño en consonancia con las dimensiones de nuestro terreno de juego.

Cada vecino nos asignábamos un jugador: quiero recordar que yo elegía ser Roberto Carlos, por eso de que tenía su camiseta y la gran responsabilidad de llevar su 3 en la espalda. Pero no faltaban los Zidane, los Etoo, los Ronaldinhos, y los Beckham. Eso sí, creo que nadie (a no ser que el sorteo de los dedos obligatoriamente te condenará a ese cruel destino…) elegía ser Casillas, Buffón o Kahn. Sólo querías jugar y marcar el gol más espectacular esa tarde. Otro hecho a destacar es que todos los días eran nuestros padres o madres los que se asomaban a los balcones para poner fin a esas espectaculares tardes de fútbol, exceptuando si había Champions.

Esos martes y miércoles eran especiales. Aún recuerdo como subía emocionado, lleno de churretes y sudoroso por un ascensor cuyo destino era el 5º, y cuyo objetivo final era alcanzar lo más rápido posible la ducha para coger el sofá y junto a tu padre, disfrutar de un partido que siempre esperabas con ambición. Aún se me ponen los pelos de punta escuchando el  Zadok the Priest, el famoso himno de la Champions y recordando esas imborrables escenas. Eran tiempos de apasionantes Real Madrid-Bayer de Munich, o si se daba el caso, de disfrutar del Manchester United de Beckham, Scholes, Van Nistelrooy… o del Milan de Nesta, Cafú, Sevchenko, Pirlo o Seedorf. Eran años de fútbol. Años en los que deseabas que llegase tu cumpleaños, o la Navidad para poder adquirir las zapatillas de tu ídolo. A vista de un adulto eran zapatillas normales, pero para ti eran algo más. Cuando te las ponías no eras el mismo, eras una especie de reflejo de ese futbolista. Con la mayor ilusión que alguien pueda experimentar te atabas los cordones creyendo que en cuanto le dieses una patada al balón esa tarde en la plazoleta, este haría una rosca imparable que acabaría atravesando los contenedores ante la consecuente admiración de tus amigos.

Años en los que castigabas a tus padres rompiendo los zapatos del domingo, con su consecuente charla y posterior represalia. Años de leerle al Marca hasta las entrañas. Años de triangulares, y en los que cualquier reducido espacio podía servir como enorme estadio de fútbol. Años en los que el día que en Educación física no se jugaba al fútbol, eran una mañana para olvidar. Años en el que hasta los batidos vacíos del recreo recreaban un balón que ni los mismos Adidas o Nike pudieran fabricar. Eran años de alineaciones y cromos. Eran años de amistad, de inocencia y de ilusión. Y si, simplemente tuve suerte de que los pares y nones de Aracne me llevaran a nacer en ese frío invierno del 93.

Por Jairo Pulpillo

@RustlingMag y @Jairopl93 en Twitter.

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2 Respuestas a “PARES O NONES

  1. Tendemos a mitificar el pasado…
    Cuando los buenos recuerdos se apoderan de nosotros, rápidamente recorre en nuestro interior un sentimiento de nostalgia que nos hace ver aquello que ocurrió como algo idílico; algo que nunca jamás se volverá a repetir… pero, ¿éramos capaces de percibir “la grandeza” de lo que estaba ocurriendo en aquel mismo momento? ¿Podíamos disfrutarlo tal y como lo estamos haciendo ahora? ¿Por qué ahora se te saltan las lágrimas cuando recuerdas algo que solías hacer cotidianamente? ¿Nos ocurrirá lo mismo dentro de X años con lo que estamos haciendo ahora?
    Y, para colmo, lo que estamos haciendo ahora posiblemente esté relacionado con algún futuro objetivo…
    Entonces ¿qué estamos haciendo aquí? ¿Seremos alguna vez capaces de sentir el presente? o, más bien, ¿alguna vez existió el presente?
    Nos tiramos toda una vida luchando por un futuro que nunca llegará y es exactamente en ese momento en el que te paras para echar la vista atrás cuando realmente te llenas de felicidad y te das cuenta de lo bien que te lo pasaste. Mientras, lo que nos esta ocurriendo en el presente, queda en un segundo plano como si no nos importara, como si no fuésemos capaz de disfrutarlo, como si tuviésemos presión por algo, como esperando a que ocurra algo mejor en un futuro; en definitiva, como si no existiese…
    La fuerza del pasado y el “miedo” al futuro está constantemente intentando apoderarse de nuestro presente y, por ello, los que salgan victoriosos de ese “conflicto” estarán más tiempo cerca de la felicidad (ya que, como todos estaremos de acuerdo, toda nuestra vida transcurre en un presente); en cambio, otros se encontrarán sumergidos en ella y, una de dos, o bien es feliz a través del pasado, o bien estará toda la vida detrás del “infinito” futuro…

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