LA COMMUNE

Comuna de Paris

Hacía años de la Revolución francesa, el Antiguo Régimen había caído bajo la igualdad y la fraternidad, que no tardarían en volver a ser esposadas y encarceladas, como hojas, que tras sus épocas de apogeo vuelven a caer derribadas al suelo por su Otoño particular, la burguesía. Movimientos sociales tales como el marxismo, y el anarquismo estaban dando sus primeros pasos de vida en un terreno abonado por un capitalismo joven y cruel que tenía como oprimido favorito al obrero, que ya estaba despertando bajo lo que muchos han denominado “instinto socialista” y que no soportaría por mucho tiempo el peso de la explotación rebelándose en lo que sería el primer levantamiento obrero en una gran ciudad europea.

Era marzo de 1871, Prusia, con Otto Von Bismarck al frente, había puesto precio a la  cabeza de Francia, y la tenía en bandeja, con Napoleón III prisionero, y un débil Adolphe Thiers al frente de la recién implantada III República. Con Paris sitiada por los prusianos y tras meses de resistencia por la Guardia Nacional de Paris, Thiers ordenó desarmar la ciudad en una muestra de rendición, a lo que el pueblo respondió negativamente, alegando que los cañones eran suyos, no del Estado. No aceptaban una rendición y fue el intento del gobierno por capturar las armas de la Guardia Nacional lo que detonó la revolución. Los sucesos dieron un giro serio en Montmartre, cuando las tropas se negaron a disparar a la muchedumbre rebelde y en vez de eso arrestaron a su propio comandante, quien fue más tarde fusilado. Pronto, en toda la ciudad los oficiales se dieron cuenta de que ya no podían confiar en sus hombres. Por la tarde, el gobierno había abandonado la ciudad. Había comenzado la Revolución.

El reloj marcaba las 11:00 de la noche cuando en una asamblea, el Comité Central de la Guardia Nacional, decidió tomar el abandonado edificio Hôtel de Ville, mientras que otros comandantes y hombres de la Guardia Nacional hacían lo propio con los restantes edificios públicos de la capital. El 21, la situación se dibujó con toda claridad, el Comité había dicho: “No tengo más que un objetivo: las elecciones. Acepto todos los apoyos pero no abandonaré el Hôtel de Ville antes de que esas elecciones se hayan celebrado”. Debido a la espontaneidad del levantamiento, la confusión dominaba cada instante y pensamiento, la principal preocupación del Comité Central era la de transformar ese poder que tan repentinamente había caído en sus manos en legal, para lo que se convocaría un sufragio.

Votaron doscientos veintisiete mil personas, amparados por una libertad tan absoluta, que hasta partidarios de Thiers salieron elegidos o con minorías muy nutridas, como Louis Blanc, con 5 000 votos, sin que hubiera una sola protesta. Al día siguiente, el busto de la República,  acompañado por una ondeante bandera de color rojo, sirvió como sol protector a una muchedumbre que esperaba ansiosa las palabras de Ranvier, que tras un discurso lleno de emotividad, acompañado a mitad por una marsellesa entonada por doscientas mil voces, anunció lo que todos deseaban: “¡Queda proclamada la Comuna en nombre del pueblo!”

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La comuna se compuso por 81 miembros, carentes de experiencia política, a menudo errantes entre los asuntos a tratar, lo que muchas veces llevaba a discusiones. La ausencia de Blanqui, un experimentado revolucionario, por su detención por la policía podía haber provisto a la Comuna de más disciplina y cohesión política, aunque en temas tales como la educación o la reforma de las condiciones laborales, debido a la experiencia sindical de varios de sus miembros, fue donde la Comuna obtuvo su victoria: autogestión de las fábricas abandonadas por sus dueños, creación de guarderías para los hijos de las obreras, la laicidad del Estado, la remisión de los alquileres impagados y la abolición de los intereses de las deudas…

Si algo destacaba de la Comuna era la naturaleza festiva de París, la atmósfera de la capital no era la de una ciudad en guerra; la ciudad tenía todos los signos de estar simplemente de vacaciones, hasta tal punto que sería denominada como el “festival de los oprimidos”. Al mediodía del día 21 de mayo se celebraba un gran concierto a beneficio de las viudas y huérfanos de la Comuna, a doscientos metros, en la plaza de la Concordia, los obuses versalleses marcaron el inicio de algo terrible que estaba por llegar. La puerta de Saint-Cloud estaba destrozada, lo que aseguraba un éxito casi seguro por parte de los versalleses, que iniciaron su incursión en París por otras cuatro entradas más, la organización de las barricadas dejó mucho que desear, la falta de centralización fue uno de los principales fallos, ya que hizo muy fácil la toma por parte de los invasores de cada una de ellas. La entrada de los versalleses por las cinco llagas abiertas en París constituyó un constante goteo, un torrente silencioso que crecía velado por una noche que caía, a las cinco de la mañana cayó el primer obús, mientras París dormía., iniciándose la semana sangrienta.

Cada vez que caía una barricada, los defensores eran puestos contra la pared y fusilados, los versalleses avanzaron sin piedad, las matanzas continuaron durante varios días más. La última barricada, construida en un cuarto de hora, estaba defendida por un sólo hombre, el cual como perfecta metáfora de lo que estaba ocurriendo, disparó su último cartucho, para después ser detenido, y fusilado. Para el domingo 28 de Mayo la Comuna había desaparecido. La batalla había acabado, pero no el derramamiento de sangre. Murieron más personas durante la última semana de mayo que durante todas las batallas de la guerra Franco-Prusiana.

Communards_in_their_Coffins

Las consecuencias posteriores a la comuna fueron desastrosas para el movimiento obrero, desde que el socialismo tomó un nuevo impulso en los cinco o seis años que precedieron a la Comuna, salió a flote la cuestión de saber cual sería el modo de agrupación política de las sociedades mas favorable. Dos grandes  corrientes  de ideas se enfrentaron, dando lugar al cisma entre marxismo y anarquismo. Por parte marxista, el estado debería tomar posesión de todas las riquezas acumuladas y darlas a las asociaciones  obreras,  organizar  la  producción y el intercambio, velar por la vida y el funcionamiento de la sociedad, a lo que la parte anarquista respondía que semejante estado sería la peor de las tiranías y se oponían a este ideal, defendían un nuevo ideal, la completa abolición de los estados y la organización de lo simple a lo compuesto.

Fueron más de dos meses lo que la Comuna resistió heroicamente el empuje de un nuevo poder opresor. Una población que había sufrido la guerra en sus carnes, el hambre y la miseria, así como la explotación y que se organizó en torno a un movimiento social que puso en práctica por primera vez la teoría socialista. Marx y Engels señalaron errores serios cometidos por la Comuna, como el de no haberse hecho cargo del Banco de Francia. Su debilidad se explica ante todo por el hecho de no haber estado a su frente un partido proletario fuerte y teóricamente preparado.  La mayoría de los miembros de la comuna eran “blanquistas”, o sea, según palabras de Engels, socialistas solamente por instinto proletario revolucionario, pero no pertrechados aún, con una teoría revolucionaria verdaderamente científica, ni con la comprensión clara de sus ideas.

Por Jairo Pulpillo

@RustlingMag y @Jairopl93 en Twitter.

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