EL OTOÑO ÁRABE

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Llora Egipto, ruge Tahrir, tiembla el faraón Mursi y enmudece hasta la esfinge. 

¿Qué ha sido de la Primavera Árabe? ¿No se suponía que los que expulsaron a Hosni Mubarak del poder eran los hijos de Internet, laicos y democráticos, de dónde han salido estos Hermanos Musulmanes que ahora ostentan el poder? Recapitulemos:

Todo empieza con Mohammed Bouazizi inmolándose a lo bonzo en la localidad tunecina de Sidi Bouzid: Nace el primer Jan Palach en el mundo árabe, un tipo que al quemarse desató un incendio en toda Túnez. Prendida la mecha, se iniciaba la Primavera árabe, que corrió como la pólvora por Túnez, y poco a poco se fue extendiendo hacia otros países: Argelia, Egipto, Bahréin, Libia, Siria, Jordania, Marruecos, Yemen, entre otras; comportando en los casos de Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria caídas del propio gobierno.

Sin embargo, las “primaveras árabes” a diferencia de la de Praga estaban lejos de ser de terciopelo, en concreto, en Egipto, las revueltas tuvieron un saldo de más de 800 muertos. En este artículo nos centraremos principalmente en Egipto, debido el vasto horizonte que nos ocupa, imposible de tratar en toda su extensión aquí, ya que como señaló Santiago Alba Rico, “No en todos los países árabes va a ocurrir lo mismo, ni hay que analizarlos como unidad”. En un principio, las protestas en Egipto, sumadas a los cambios que se estaban produciendo en Túnez, dejaban la lectura de que el mundo árabe tal y como lo conocíamos, estaba llegando a su fin.

Su verdugo parecía ser la propia juventud que, pese a que sus estudios habían sido pagados por el gobierno de Mubarak, no se encasillaba en los valores del régimen: Sus horizontes eran mucho más amplios, habían superado la barrera digital, entrando en contacto con las ideas políticas que había una vez cruzado el Mediterráneo y, comprendieron que, para llegar “al cielo” tenían que romper el techo. Ese techo no era otro que el propio sistema de gobierno en el que se hallaban inmersos. Surge pues, una fractura entre el régimen y la juventud, a la que hay que añadir una serie de factores que hacían del país del Nilo un caldo de cultivo excelente para un cambio como el que parecía avecinarse:

Egipto casi había duplicado su población en menos de veinte años (En 1980 había censadas alrededor de 43.500.000 personas que en el 2010 pasaron a aproximadamente 80.000), sin embargo, la población en edad de trabajar estaba en paro en su gran mayoría, asimismo, el país presentaba unos altos índices de corrupción: En 2010, Transparencia Internacional en su Índice de Percepción de Corrupción, situó a Egipto en el lugar 98, con una calificación de 3,1; basado esto en el grado de corrupción tanto gubernamental como empresarial. Siendo 10,0 la ausencia de corrupción y 0,0 la total y más extrema corrupción.

De modo que los jóvenes se encontraban en un callejón sin salida, una vez completaban sus estudios. Entre el 17 y 18 de enero del 2011 tuvieron lugar una serie de inmolaciones en diversas ciudades, más tarde, esta misma  frustración acabó reflejándose en la primera gran manifestación el día 25;  tuvieron lugar protestas en varias ciudades: El Cairo, Alejandría, Suez e Ismailía.

Desde este primer momento, el gobierno protagonizó una intentona de restringir el acceso a Internet a determinadas horas y en ciertas regiones, considerado uno de los principales motores de las protestas por algunos expertos, así, Egipto dejaba de expresarse en 140 caracteres.

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El día 27 aumentó el número de asistentes a las propuestas y la represión fue in crescendo. Lo que ocurría en la calle tenía su eco en la esfera de lo político: Los Hermanos Musulmanes declararon su pleno apoyo a las protestas, anunciando su participación en las del viernes. El líder de la oposición, Mohamed El-Baradei, se comprometió a regresar el jueves de su exilio, para estar cuando sucedieran las protestas del día 28. El día 28 se recrudecieron las protestas, anunciadas vía Facebook, llegaron a congregar a miles de personas en El Cairo. Los enfrentamientos con la policía empezaban a recrudecerse, al menos murieron 29 personas en El Cairo y Suez; los “claveles” de Egipto tomaban un color más bien rojo.

Los manifestantes ignoraban el toque de queda y la revolución se tocaba con la punta de los dedos cuando el ejército se negó a disparar y se posicionó de su lado. Los jueces no tardarían en hacer lo mismo. El Banco Central Egipcio dio orden de cerrar todos los bancos y la Bolsa durante ese día. El día 1 de febrero, tendría lugar una marcha, que Al Jazeera fijó en dos millones de personas (The Guardian la rebajaría a un poco más de un millón), desde la plaza Tahrir hasta el palacio presidencial. Diez días después, Hosni Mubarak, consciente de lo insostenible de la situación, tras un fallido discurso el día anterior en el que pedía un diálogo a los manifestantes, renunció al cargo y abandonó el país.

Expulsado Mubarak, quedaba la pregunta de cómo se articularía la juventud en el plano político, de qué forma expresaría los ideales de los que había hecho gala en las protestas y en qué medida alteraría la influencia en la sociedad de las otras dos fuerzas políticas: Los militares y los Hermanos Musulmanes.

Qué quiénes son estos últimos; brevemente, plantean una aplicación literal de la sharía (ley islámica) en Egipto y el resto del mundo islámico. La mejor definición gráfica es propio emblema de la cofradía: Dos sables cruzados sobre un Corán. Así pues, Mursi defiende un Estado cimentado en la sharía, mientras Shafiq, el candidato militar, representa la continuidad del régimen. Pese a una ligera apertura en el sistema electoral, cualquier esperanza de renovación política quedó descartada cuando el país se debatía únicamente entre estos dos candidatos en la segunda vuelta de las elecciones. La balanza se inclinaría a favor del Hermano Musulmán.

A supporter of Muslim Brotherhood candidate Mohammed Mursi holds up a copy of the Koran

Personalmente a lo que derivó la primavera árabe en el momento en el que Mursi fue elegido rais (presidente), tras su paso por las urnas, le veo más semejanzas con el proceso acaecido en Irán, deponer a un shá, en este caso un “faraón”, por un ayatolá, en este caso unos Hermanos Musulmanes, que con las olas revolucionarias de 1830, 1848, y los movimientos de la Europa del Este a partir de la caída del Muro, con los que muchos historiadores identificaban la Primavera en un principio. Más bien, lo de Mursi parece un todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

Si echamos la vista un poco atrás,  podemos ver que en el año 1995, en el mundo había 117 democracias. Tres de cada cinco estados eran democracias y estaban en prácticamente todas las regiones del planeta, con la excepción de Oriente Próximo. ¿Por qué Oriente Próximo no tiene democracias? ¿Por qué en el mundo árabe no ha habido ni una sola democracia? Tal vez porque se dan unas condiciones sociales, culturales, económicas, políticas y, sobre todo, religiosas que son endémicas de la región. [Fuente Diario Público, E. García Gascón, 14/02/2012.]

El presidente egipcio, en nombre de “la defensa de la revolución”, decreta que ninguna institución del Estado podrá anular sus decisiones (situándose así por encima de la ley) y blinda la Asamblea Constituyente dominada por los Hermanos Musulmanes. La reacción del poder judicial, aún adicto al antiguo régimen, y que a su vez había disuelto anteriormente la Asamblea que salió de las elecciones de mayo pasado, no se hizo esperar. Pero también la calle estalló frente a lo que vio como un golpe de Mursi: “Irjal!”, le gritaban, como al dictador Mubarak, así como otra serie de demandas que podríamos resumir con un “Mursi vete ya”.

Pero, no sólo es “el decretazo” de Mursi la mecha que incendia las protestas: La Nueva Constitución presenta determinados artículos, en concreto, los artículos 38 y 41 que ponen en tela de juicio la libertad de los medios, puesto que aunque se reconoce la libertad de expresión, se añade que ésta obrará “bajo una supervisión limitada”, lo que puede dar pie a la censura. Asimismo, establecen una prohibición hacia cualquier tipo de crítica hacia el profeta.

Sin embargo, con esta Constitución, lo que está en juego es si Egipto se va a convertir en una república islamista o no:

Y es que, para regocijo de los salafistas y los ultraconservadores, la sharía sigue siendo la principal fuente de legislación, es más, la nueva Constitución bebe en demasía de la anterior, de 1971: “Islam es la religión del Estado, el árabe es su lengua oficial y los principios de la sharía son la principal fuente de legislación“, motivo por el cual, como recogía R. González para El País el pasado 22 de Noviembre,  “La Asamblea se encuentra ante una grave crisis tras la reciente retirada de los partidos laicos argumentando que el órgano está dominado por las corrientes islamistas. El 15 de Diciembre se postula como fecha clave para aprobar el referéndum constitucional.

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La separación de religión y política es condición sine qua non para la formación de un estado moderno, de lo contrario es como intentar juntar agua y aceite. Intentar congeniar ambas dualidades es una tarea prácticamente imposible, además de obsoleta, pero allí, erre que erre.

Resumiendo, lo que parecía una primavera de los pueblos se ha convertido más bien en un otoño. Así, para que florezca la libertad han de caerse las hojas; las hojas del libro que lleva rigiendo la vida política del mundo árabe durante decenios. Un libro que se ha convertido en el más duro de los inviernos anclando en el pasado los derechos de la población en general y de las mujeres en particular; cómo va a guiar la Libertad al Pueblo si tiene los ojos tapados con un burka.

El problema es que Gandhi ha muerto y sigue habiendo una sociedad de castas en la India, el problema es que Buozizi se quemó a lo bonzo y sigue habiendo “Ben Alís y Mursis”, el problema es que, como dijo René Char, “nuestra herencia no proviene de ningún testamento”,  y es sumamente difícil, donde nunca ha habido democracia, intentar implantar una. Quienes se manifestaban en apoyo del referéndum que blindaba a Mursi están entregando la libertad por la que murieron sus compatriotas en las manifestaciones que depusieron a Hosni Mubarak. En un sentido romántico, tal vez fueran estos últimos los únicos que la alcanzaron cayendo en pos de la defensa de ese ideal, que aún no había sido depurado por las urnas. Puede que como diría Erich Fromm, los egipcios que se aprietan en las filas de Mursi tengan miedo a la libertad.

Claro que, como decía en al principio del artículo, Mursi y los suyos se encogen después del “decretazo”, tiemblan porque la gente piensa;  porque no quiere cambiar al cacique por el sacerdote. Les preocupa que en Tahrir el aire político no esté tan viciado como en el palacio presidencial.

El hecho de que se ha dado un paso atrás es indiscutible, pero, al igual que los ecos de la Revolución Francesa siguieron escuchándose muy posteriormente al cese de la misma, puede que el Diciembre del 2012 tampoco calle al Enero del 2010. Y es que mientras acabo estas líneas, Tahrir se prepara para decirle al rais, que el pueblo no está satisfecho con los frutos que se han recogido de la primavera.

Por Pablo Beas Marín

@PablitoBeas y @Rustlingmag en Twitter

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