“¿Has escuchado a K-Billy y el Supersonido de los 70? Es mi programa favorito” Tarantino (I)

Reservoir Dogs

No crecí en los setenta (Es más, nacería mucho más tarde), pero aquél K Billy y su Supersonido me alucinaron:

Unos atracadores de bancos tomándose unos cafés mientras asistía a una interpretación de lo más singular acerca de la canción Like a virgin, de Madonna y, tras esto, un diálogo sobre propinas que debería estar colgado en la pared de cualquier escuela de cine que se precie. Sonaba Stuck in the midle with you de los Stealers Wheel, a la par que veía a un tipo vestido de traje amordazar a un policía en un silla y acto seguido le decía que le iba a torturar, por el mero hecho de que le gustaba hacerlo, y se quedaba tan pancho.

Era, tras aquél intento de “El cumpleaños de su mejor amigo”, su opera prima: “Resevoir Dogs”.

Hay que reconocer que Tarantino era innovador, muchísimo. Aquella película fue un punto y aparte en el cine independiente y, para mí en particular, el punto que cierra el capítulo de un libro para abrir otro nuevo dentro de mi escasa experiencia cinematográfica. Hasta entonces, las películas de las que me había nutrido (Bueno, si es que algún dietista de cine recomendaría semejante “comida rápida”) estaban plagadas de clichés, eran comerciales, y podrían resumirse con la siguiente frase: “Quién quería buenos diálogos si había una persecución que acababa con un coche por los aires o…incluso dos”, total,  ya puestos.

Con Él todo cambió; mi experiencia cinematográfica hasta el momento había sido monótona, algo así como ese viaje en el coche de tus padres en el que, además de las líneas de las vías, tu visión se centra en los postes de la luz que van pasando cada segundo por tu pupila; primero uno, otro, luego otro y así sucesivamente sumergiéndote en el más absoluto hastío hasta que el vehículo entra en un túnel:

Al principio es confuso, lo ves todo oscuro salvo algún destello luminoso, a continuación, lo atraviesas y aparece: Ahí está, detrás de ese foco de luz para el que tu visión no está aún acostumbrada y que te obliga a cerrar los ojos mientras frunces el entrecejo, el paisaje de sierra por el que llevas unos cuantos kilómetros en tus espaldas y ese chaquetón que no te lo has puesto nunca, pero que lo guardabas para una ocasión como la que se te presenta.

En “Reservoir Dogs” había un elenco llamado a dejar huella, algunos de ellos desconocidos que pasarían a convertirse en fijos en las próximas películas del género: Steve Buscemi, quien ahora mismo lleva a sus espaldas todo el peso de “Boardwalk Empire”, se convertiría en un asiduo de las cintas de los hermanos Coen, Chris Penn, el hermano de Sean, quien aparecería en “Amor a Quemarropa”, cuyo guión también era obra de “El Maestro”, Harvey Keitel que parecía haber sido hecho con el único propósito de llevar traje, bueno, llevar traje y hacer el papel del Señor Blanco, Michel Madsen, aquél psicópata que protagonizaría la famosa acción de la oreja, todo un guiño al Django de Sergio Corbucci por parte de Quentin, Eddie Bunker, Lawrence Tierney, Tim Roth, hasta entonces actor de teatro, y Quentin Tarantino.

Con Little Green Bag de George Baker de fondo, caminaban sin más, sin intercambiar palabras ni gestos, nada; simplemente andaban vestidos con esos trajes que parecían a medida. Toda la elegancia desaparecía cuando hablaban de que Like a virgin iba de pollas, o cuando se les oía decir Fuck (en la versión inglesa) por décimo séptima vez, entonces, se alejaban de los gánsteres de Coppola para acercarse a los matones del “Scarface” de De Palma. Aquellos hijos de puta me ganaron desde el primer momento:

El argumento era sencillo, unos ladrones, ocultando su identidad bajo pseudónimos que consisten en nombres de colores, son contratados para atracar una joyería, sin embargo, el robo sale mal, y a partir de ahí, la fatalidad, de modo parecido a cómo le ocurre al Grupo Salvaje de Sam Peckimpah, se hace dueña del destino cada uno de los personajes. No tenía más acción que la evocada por los diálogos y la violencia, que en determinadas escenas permitía el avance de la trama. Es más, prácticamente la película discurría en su totalidad en el mismo tétrico escenario; un almacén. De manera similar a como ocurre en un teatro, los personajes iban haciendo su aparición uno a uno, en un inútil intento de descubrir al traidor que había avisado a la policía del robo. Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la estructura del filme: Era dividida en capítulos, en piezas desordenadas que encajaban perfectamente en el puzle mental que tenía Tarantino y que nos iba enseñando poco a poco. De manera que, pasabas del más absoluto desconcierto inicial a saber perfectamente por quién valía la pena apostar y quién era realmente un traidor en ese tiroteo fatal que cierra la película.

Buscemi_Rosa

Ésa era otra: La violencia. Si bien no era tan explícita como pudiera serlo en Kill Bill, era más perturbadora, cotidianamente cruel diría: Los gánsteres hablaban tranquilamente alrededor de uno de los suyos que se estaba desangrando, y les parecía normal, cualquier obstáculo se solventaba a balazos (Nada más hay que ver cómo roban el coche el Señor Blanco y el Señor Naranja). Especial mención merece la famosa escena en la que el Señor Rubio le corta la oreja a un policía. Sería algo así: “Verás, no voy a engañarte, ¿vale? Me importa una puta mierda lo que sepas o no. Voy a torturarte de todas formas. Fríamente. Y no para sacarte información: me resulta divertido torturar a los polis; puedes decir lo que quieras, he oído de todo. Solamente te queda rogar una muerte rápida. Lo cual, no vas a conseguir“.

Sin embargo, en el momento preciso, la cámara se desliza hasta enfocarnos la pared y no podemos ver el proceso; pero nos turba aún más si cabe. Nuestra imaginación nos horroriza mucho más que cualquier cámara de cine.

No era fácil hacerse a la luz que había tras el túnel, era como probar por vez primera un whisky habiendo estado acostumbrado a mezclar una fanta con poco gas con un ron de garrafa aún peor. El paladar tarda en hacerse, pero cuando lo consigue, no quieres otra cosa. Eso me pasó con Quentin.

Aquél era un director inusual, no se había criado viendo cine, sino cintas de vídeo en un videoclub llamado Video Archives, en Manhattan Beach. El propio Tarantino ha dicho: “Cuando la gente me pregunta si fui a la escuela de cine les digo, ‘no, fui al cine‘”, así pues, aquélla se convirtió en su escuela de cine, sus maestros fueron el cine negro (blaxploitation), las películas de Sonny Chiba de artes marciales de los, las de serie B, el western y el grinhouse. Quién iba a decir que aquél cocinero digno del Bulli se había forjado viendo como cocinaban hamburguesas y perritos calientes en un McDonald.

Like a virgin

Todas estas influencias cinematográficas, sumado a un popurrí de todo lo americano habido y por haber (cómics, hamburguesas, carreteras interminables, cafeterías abiertas las 24 horas que no paran de servirte café, etc.) que conformaba esa cultura pop que lo había criado y de la que él mismo ahora pasaba a formar parte, se dejaría sentir en sus obras.  Como una especie de Plauto del cine, Tarantino mezclaba las fuentes de las que había bebido y las adulzaba con su mano para los diálogos, su auténtico punto fuerte.

Él mismo llegó a decir: “Robo de cualquier película alguna vez hecha.” Me advirtieron que había Sergio Leone en Tarantino, pero también Jules Dassin, el mencionado Corbucci, Peckinpah, Godard, De Palma, Kubrick, Ringo Lam, John Woo… En principio podía parecer que sonaba a algo así como que el cocinero de tu restaurante favorito se inventaba las recetas, sino que se dedicaba a copiar lo que hacían sus compañeros y a recalentarlo todo en el microondas; pero no me importaba. Aquel tipo podía mezclar influencias italianas, asiáticas, francesas y americanas, y le salía bien. Dicho de otro modo, mi cocinero hacía pizza de sushi y sabía al mejor queso francés. Aquellos guiños al cine, y a tantas cosas, eran parte de su firma.

Volviendo a su filmografía, después de su primera película, resucitaría a John Travolta y haría que le rindiéramos pleitesía a las hamburguesas: Con “Pulp Fiction”, Tarantino no tocaba a la puerta de la historia del cine; la derribaba de una patada. Después de esta obra, nada nunca volvería a ser igual, ni para él ni para quienes la habían visto.

A continuación, Samuel L. Jackson y G. Palm protagonizarían “Jackie Brown”, una blaxplotitation, algo atípica al cine al que nos venía acostumbrando (aunque el ritmo lento seguía conteniendo buenos diálogos y un reparto excepcional, Robert de Niro como secundario de lujo). Todo esto al tiempo que alternaba con colaboraciones en otras películas, “Death Proof” o  “Abierto hasta el Amanecer”, que bien podríamos interpretar como ese disco de nuestro artista de música preferido que suele llevar el sobrenombre de “Rarezas de esto o aquello” y que no acaba por convencernos pero como es de Él, le seguimos rindiendo culto y le damos otra vez al reproductor a ver si nuestro oído no está hecho todavía para semejante pieza, aunque una voz en nuestro interior nos diga que esta vez no lo han hecho bien.

Más tarde nos traería las katanas de Hattori Hanzo, a Christoph Waltz realizando una interpretación de villano magistral en el papel de Hans Landa y a su némesis, Brad Pitt, jugando a cortar cabelleras entre las filas nazis… Pero algo había cambiado. Había algo en l´enfant terrible de Hollywood que se había perdido después de que Jules y Vincent salieran de aquella cafetería para siempre (Aún no había presenciado el retorno de Tarantino en su “Django Unchained”) y en su lugar apareciese Umma Thurman dando sablazos en lycra amarilla.

Por Pablo Beas Marín.

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