Impresiones de un viaje a Londres

Huele a queroseno. Se escucha el ruido de las ruedecitas de las maletas por doquier. Siempre hay alguien que no encuentra su terminal y que en su ir y venir de un lado para otro se le cae alguna prenda que nunca volará a París. Un último respiro antes de salir y apenas has dejado atrás los rótulos dorados de las franquicias del aeropuerto, estás subiendo la escalerilla metálica, fuselaje gris y una azafata de azul con una sonrisa de plástico.

Abres los ojos: Stansted. Londres no es una ciudad que te reciba de ninguna manera, simplemente llegas y punto. Eres demasiado insignificante como para que se digne a brindarte otra cosa que no sea una ráfaga de aire que te cala los huesos y te recuerda que ya no estás en el sur de la Península.

Suelo tener la costumbre de asociar un género a las ciudades, un atributo que la define de una vez…No fui capaz de hacer lo mismo con Londres: Simplemente me parecía atemporal, inclasificable, mudaba de piel y se renovaba cada cierto tiempo, era vieja y joven a la vez, un reflejo del mundo en las aguas del Támesis; siempre cambiante.

londres

Londres te va convenciendo despacio, como la vida, como tu primera partida de ajedrez. Al principio te resulta ajena, no la comprendes, y es justo cuando crees sentirte parte de ella, cuando tienes que coger el avión de vuelta. Te deja insatisfecho. Es un placer perfecto.

Esa vorágine que es La City se palpaba en cada rincón de la misma. Las bocas de metro vomitando hombres en traje, atados con una corbata a los dictados de un reloj de arena que bien podía estar proyectado en las pantallas de Piccadilly Circus, de no haberse hallado, tenaz e inquebrantable como una esposa en las muñecas de los hombres. Colocado a la derecha de la rampa mecánica, el turista, ajeno al devenir del quehacer diario de Londres, puede encontrar, incluso, fascinante esta corriente formada por gotas de agua, que no son idénticas, pero acaban por fundirse en esa ola consumista que les es común. Y allí, sentada en su trono de neón, una Eme de McDonald y un payaso que, según Bansky, nos robaba a los niños.

Activa-Picadilly

 James Geary decía que Londres le recordaba a un cerebro, debido a la complejidad que le otorgaban las múltiples calles y avenidas, asimilaba la ciudad con la forma laberíntica del órgano de la razón. Yo prefiero asociar Londres con algo tan enigmático como un laberinto; los místicos jardines que se bifurcan de Ts´ui Pên que evocaba Borges en Ficciones. Para aquellos a los que les resulte difícil, por no decir imposible, ubicar un nombre tan exótico en el frío Londres deberían visitar un rinconcito de Holland Park llamado Kyoto Gardens. Tal vez puedan imaginarse que se encuentran en Japón, o quizás descansando en la Babilonia moderna que Benjamin Disraelí decía que era Londres.

cascada

Llegados a este punto, si eres de los que piensan que las ciudades son estados de ánimo, y si hasta entonces no has caído en los brazos de Londres, un par de pintas de John Smiths o London Pride, quizás ayuden a ello, mientras aparentas ver en el televisor del local cómo se parten la boca los chicos que  lucen la rosa de Lancaster en el corazón contra los gallos de Francia en la Six Nations. Basándome en mi experiencia recomendaría The Dickens Inn, muy cerca de la Torre de Londres, y Lamb & Flag, entre ChinaTown y Covent Garden, un hervidero atestado de gente e impregnado del olor de la salsa que rellena unas empanadillas que devorarán tu bolsillo en un par de bocados.

Salimos del National Gallery a bajo cero, un carámbano cuelga del Almirante Nelson que corona la plaza. Tiene que estar casi tan muerto de frío ahí arriba como nosotros a pie de calle. El agua de las fuentes se ha congelado y no puedo evitar preguntarme si a los patos de Hyde Park les pasa lo mismo que a los de Central Park y se han marchado a otro lugar con la llegada las primeras heladas. Tras un viaje en metro, llegamos a donde nos hospedamos; una habitación en semipenumbra constante con menos muebles que la cabeza de Holly Golightly. Mis compañeros no tardan en conciliar el sueño, mientras en mi cabeza se van proyectando, como si fuera zapping, una serie de imágenes de Londres desdibujadas como por el ojo de pez de la cámara que nos acompañó todo el viaje:

Aquél tipo de la gabardina subido en una maleta en el Speaker´s Corner, también uno haciendo footing, un turista dando cacahuetes a las ardillas de St. James Park, un paraguas más bajo la lluvia que no cesa nunca, un repaso por los titulares desde el privilegiado asiento libre del metro y un vistazo discreto al libro de la mujer que va sentada a tu lado, un ademán por iniciar una conversación que muere en la garganta antes de haber nacido, la cara de un bull dog en la pantalla de Piccadilly Circus, un vaso de plástico que pone Starbucks arrugado en la mano de un guía, un aficionado del Chelsea con las mejillas incandescentes, un hombre con un maletín que se remanga el traje para comerse una hamburguesa, un autobús averiado en mitad de la calle, un…

Por Pablo Beas Marín.

@PablitoBeas en Twitter.

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